Según mi padre, mi abuelo murió a los 113 años de edad, aunque legalmente falleció a los 103 años, pues mi bisabuelo lo asentó en la Alcaldía de Texistepeque diez años después de su nacimiento, evitando pagar la multa por inscripción tardía (50 centavos de aquella época – finales del siglo XIX). Mi abuelo Rafael murió de viejo, así lo declaró el médico firmó la partida de defunción. No estaba enfermo, no padecía ni de catarro; pero su corazón se negó a seguir trabajando y decidió descansar para siempre. Días antes, mi abuelo todavía seguía con su cabeza el perfume que dejaban las muchachas al pasar cerca de él, pues había perdido la vista y nunca quiso utilizar anteojos. Se bañaba una vez al mes, pues tenía la teoría de que “la cáscara guarda al palo”, como decimos aquí en El Salvador.

Al pensar en estos casos me pongo a pensar que la decrepitud se puede evitar. Todos vamos a llegar a viejos, si antes no cruzamos el umbral de las pirámides para reunirnos con nuestros ancestros. Lo importante es llegar con la mente sana y el espíritu joven, como la de aquella Nobel cuya entrevista presenté hace algunos días. Papá Rafael, como le llamábamos al abuelo paterno, nunca tomó un carro o un bus para caminar en la ciudad. Siempre se iba a pie. Hoy, no se puede hacer esto: nos asaltan, nos mata un loco del volante, aspiramos humos o cualquier cosa nos puede pasar, sobre todo en estos días en que alguien dijo que “se les acabó la fiesta a los malacates” y se fugan 38 malacates de la cárcel (iban para esa fiesta, supongo).
Uno puede leer muchas formas para conservar la juventud, incluso tan tontas como el uso del Botox. Lo importante es llegar a viejo con dignidad, con un cerebro fuerte, poderoso y que sea ágil. Para ello: leer, meditar, pensar, en fin, ejercitar la mente.
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